El mercado del cacao después de la tormenta: Lecciones de la más grande crisis global.
September 1, 2026 2026-09-01 19:49El mercado del cacao después de la tormenta: Lecciones de la más grande crisis global.
El mercado del cacao después de la tormenta: Lecciones de la más grande crisis global.
El mercado del cacao después de la tormenta: Lecciones de la más grande crisis global
Entre 2024 y 2026, el mercado global del cacao pasó por una de las tormentas más severas y reveladoras de los últimos años. Los precios internacionales escalaron a alturas sin precedentes, con contratos sin cumplir, dramáticos ajustes en la logística, surgió una clara desconexión entre las cotizaciones bursátiles en Nueva York o Londres. Conforme el mercado se inestabilizaba, los dos gigantes que representan la mayor parte de la oferta mundial –Costa de Marfil y Ghana, se unieron mediante la Iniciativa de Cacao Costa de Marfil-Ghana (CIGCI)– mas se encontraron en el ojo del huracán.
Para analizar los altibajos y la perspectiva a futuro de esta transformación, hablamos con Alex Assanvo, Secretario Ejecutivo de CIGCI – Iniciativa de Cacao Costa de Marfil-Ghana.
En la primera mitad de 2024, vimos cómo los precios internacionales del cacao se dispararon hasta alcanzar niveles sin precedentes; sin embargo, los agricultores de Costa de Marfil y Ghana continuaron recibiendo un precio fijo que representaba apenas una fracción de ese valor. Si la razón de ser de la CIGCI es garantizar justicia económica para el productor, ¿cómo evalúa el desempeño de la organización en 2024, cuando el mecanismo de ventas a futuro evitó que la industria pagara los precios vigentes del mercado y dejó a los agricultores observando las ganancias desde un segundo plano?
Suavizaría un poco la imagen de los agricultores “observando desde un segundo plano”. El propósito mismo de la Iniciativa es garantizar que el precio esté al servicio del agricultor, y no al revés.
El mecanismo de ventas a futuro es una herramienta de estabilización, no de especulación: asegura ingresos con anticipación, y eso es precisamente lo que permite a nuestros organismos reguladores garantizar un precio de protección al productor incluso cuando el mercado cambia. La justicia en los ingresos debe medirse a lo largo de un ciclo completo, no únicamente en un momento de precios máximos.
El año 2024 demostró que el liderazgo dentro de esta cadena de valor ahora recae en los países productores. Cuando se introdujo el LID, los precios se situaban entre los 2.200 y 2.500 dólares por tonelada, y la industria estaba convencida de que el mecanismo destruiría la demanda. Posteriormente, los precios superaron los 10.000 dólares por tonelada en varias ocasiones, y la industria continuó comprando.
La verdadera lección no es que los productores hayan quedado excluidos, sino que una prima fija diseñada para un mundo de precios bajos debe evolucionar hacia una medición actualizada periódicamente del valor fundamental del cacao. Esa es nuestra agenda.
En 2024, la escasez de granos obligó a realizar ajustes sumamente complejos en la asignación y reprogramación de contratos de exportación. Muchos consideraron esto como una prueba decisiva para la estabilidad del bloque. Mirando hacia atrás, ¿qué tan sólidos demostraron ser los mecanismos de Costa de Marfil y Ghana para contener una crisis de oferta tan agresiva sin perder la confianza de los compradores internacionales?
Los mecanismos se mantuvieron firmes, y el valor de la Iniciativa quedó demostrado precisamente en su rapidez para reaccionar ante las sacudidas del mercado y en su capacidad para convocar y analizar junto con expertos clave, incluidos actores del sector privado.
A pesar de los precios récord, los compradores internacionales continuaron adquiriendo cacao de Costa de Marfil y Ghana por una sencilla razón: esos granos siguen siendo indispensables para la base de la industria chocolatera mundial.
La estrecha coordinación entre nuestros dos organismos reguladores —entre sus salas de negociación y en la armonización de las políticas de venta— fue lo que permitió preservar mercados ordenados y mantener la confianza de los compradores durante este período de tensión.
Si existe una lección, es que una estabilidad de este tipo no puede darse por sentada; es un logro compartido y coordinado que debe mantenerse deliberadamente, año tras año.
El Diferencial de Ingreso Digno (LID) nació como una histórica red de protección de USD 400 por tonelada cuando los precios eran muy bajos. Con la extrema volatilidad y los rangos de precios observados en 2024, este mecanismo operó en un escenario completamente nuevo. ¿Qué análisis tiene la CIGCI sobre el comportamiento del LID durante ese año?
El LID fue concebido como un mecanismo de precio mínimo: una prima de estabilización de 400 dólares diseñada para un mundo en el que el cacao cotizaba entre 2.200 y 2.500 dólares por tonelada, con el objetivo de mantener al productor por encima de sus costos de producción.
En un año de máximos históricos, su monto fijo inevitablemente pasó a representar una proporción menor del panorama general, y esa observación constituye en sí misma la principal lección del análisis.
Una prima fija fue un primer paso decisivo para acercar el precio de mercado al valor fundamental del cacao. Sin embargo, debe complementarse con una medición de ese valor fundamental que se actualice periódicamente y que tenga en cuenta la inflación de los costos de producción y el ingreso disponible del productor.
Así es como el mecanismo puede seguir siendo relevante tanto en contextos de precios bajos como altos, en lugar de quedar superado por cualquiera de los dos escenarios.
Durante 2024, la urgencia de la industria chocolatera por asegurar el suministro de cacao alcanzó su punto máximo. En esos meses de intensa tensión del mercado, ¿cómo describiría la madurez del diálogo entre la CIGCI y las multinacionales? ¿Sintió una mayor empatía por parte de las empresas hacia las realidades climáticas de los países productores, o la presión comercial dificultó los acuerdos de sostenibilidad?
El logro silencioso de la Iniciativa ha sido crear un espacio donde la industria y los organismos reguladores puedan hablar con franqueza, exponer sus limitaciones y pensar conjuntamente en soluciones. En efecto, funciona como un laboratorio de ideas y un facilitador de soluciones, y durante las tensiones de 2024 ese espacio tuvo una enorme importancia.
La industria, que en un principio había sido hostil al LID porque estaba convencida de que destruiría la demanda, continuó comprando. Esto demuestra que la batalla de ideas en torno a la necesidad de contar con un precio remunerativo ha sido ganada en gran medida.
Sin embargo, no exageraría al hablar de empatía: la presión comercial es real y constante. La debilidad recurrente del sector es la desconfianza, las acusaciones públicas y la falta de diálogo que aparecen en momentos de crisis y que únicamente profundizan sus consecuencias, finalmente a costa del productor.
La madurez hacia la que estamos trabajando consiste en mantener un diálogo honesto, sincero y sereno que coloque al productor en el centro. Eso, en el sentido financiero de la palabra, constituye un activo capaz de generar los mejores rendimientos.
El año 2025 puso a prueba la cohesión de la Iniciativa sobre el terreno debido a los flujos de contrabando transfronterizo impulsados por las diferencias en los precios locales. Toda alianza de gran alcance enfrenta asimetrías entre sus miembros. ¿Cuál fue la mayor lección que dejó 2025 respecto de la necesidad de una armonización más estricta de las políticas internas entre Abiyán y Acra para proteger la integridad del bloque?
El episodio confirmó una verdad sencilla: las diferencias ocasionales de precios entre nuestros dos países generan arbitraje transfronterizo y ponen de manifiesto la fragilidad de cualquier enfoque llevado adelante de manera aislada.
La lección no consiste en buscar culpables, sino en profundizar aquello que ya funciona. Esto significa una coordinación más estrecha entre las salas de mercado, un intercambio más completo de inteligencia de mercado y una convergencia progresiva de nuestros mecanismos de formación de precios para reducir esas diferencias, respetando siempre la soberanía de cada país y su propio calendario.
La coordinación había dado frutos durante los años anteriores; 2025 simplemente nos recordó por qué debe ser continua y no episódica. La integridad de la alianza depende de esa disciplina.
El retraso en los plazos de implementación del Reglamento de la Unión Europea sobre Deforestación (EUDR) coincidió con el año más complejo de su reestructuración productiva, en 2025. ¿Cómo aprovecharon este “respiro” temporal para fortalecer los sistemas nacionales de trazabilidad de los pequeños productores, garantizando que la sostenibilidad no sea vista como una carga en tiempos de crisis, sino como una ventaja competitiva?
Consideramos el tiempo adicional menos como un respiro y más como una oportunidad para avanzar. La prioridad ha sido desplegar los sistemas nacionales de trazabilidad e implementar el estándar regional africano para cacao sostenible y trazable, ARS-1000.
La forma en que se aborda este tema es sumamente importante. La sostenibilidad no es una carga que deba soportarse durante una crisis; es una póliza de seguro y una ventaja competitiva.
Garantiza el acceso a los mercados más resilientes y exigentes —con el mercado europeo en primer lugar— y sustenta la identidad de nuestros orígenes bajo conceptos como “hecho en” y “procesado en”, en beneficio directo del productor.
Una vez finalizado, el ARS-1000 establecerá la hoja de ruta técnica para el cacao africano y, como un verdadero costo de la producción sostenible, deberá formar parte del cálculo de un precio justo.
Situándonos en el presente, en este año 2026, el mercado mundial parece estar encontrando un nuevo equilibrio después de la extrema volatilidad de los dos años anteriores. Desde el liderazgo de la CIGCI, ¿qué considera actualmente como el “precio mínimo justo” para el cacao? ¿Cómo están trabajando con actores financieros e industriales para garantizar que los precios internacionales reflejen permanentemente los costos reales de una producción sostenible y no regresen a los niveles previos a la crisis?
No definiría el precio mínimo justo como una cifra de mercado. Lo definiría como el valor fundamental del cacao: el costo de una producción sostenible más el valor de los servicios sociales y ambientales que proporciona su cultivo.
Ese valor cambia de manera gradual, junto con la inflación y el progreso técnico; no tiene nada que ver con la brutalidad de la especulación en el mercado de Londres.
Nuestro trabajo con los socios financieros y de la industria consiste en hacer visible ese valor fundamental y anclar los precios a él.
En términos concretos, esto implica actualizarlo periódicamente; simplificar la compleja red de primas de sostenibilidad para que el consumidor finalmente sepa por qué está pagando; y garantizar que el LID siga integrado dentro de esa arquitectura.
Un precio anclado al valor fundamental es precisamente lo que impide que el precio mínimo vuelva a desplomarse hasta los niveles anteriores a la crisis.
El año 2026 marca un punto de inflexión definitivo para la entrada en vigor de las regulaciones de la Unión Europea sobre cero deforestación. Tras el período de adaptación, ¿qué nivel de madurez han alcanzado actualmente los sistemas nacionales de trazabilidad de la Iniciativa?
Prefiero ser prudente antes que triunfalista. Se han logrado avances considerables en materia de trazabilidad nacional y en el ARS-1000, que constituye el estándar estructurante para un cacao africano sostenible y trazable y nuestra principal herramienta de diferenciación.
El trabajo aún no ha terminado: finalizar el estándar y desplegarlo hasta llegar al pequeño productor sigue siendo la tarea pendiente. Pero la dirección está definida y considero que es irreversible.
La trazabilidad está pasando a formar parte de la identidad técnica y económica de nuestro cacao, en lugar de ser simplemente una casilla que debe marcarse para cumplir con una regulación.
La CIGCI superó definitivamente su prueba decisiva entre 2024 y 2025. Mirando hacia el futuro desde esta perspectiva de 2026, ¿cuál es el siguiente paso en la evolución institucional de la Iniciativa?
Veo tres direcciones, y todas ellas deberían ser impulsadas al más alto nivel por los dos Estados fundadores.
La primera es una plataforma estratégica regional: una apertura “a la carta” hacia otros países productores —Camerún, Nigeria y otros que han expresado interés— en temas compartidos como la coordinación de la investigación, la renovación de plantaciones, la trazabilidad y la medición de un valor fundamental de referencia, mientras que los asuntos relacionados con precios y mercados permanecerían firmemente en manos de los países fundadores.
La segunda es una evolución asumida hacia un papel de think tank o centro de pensamiento: la Iniciativa ya es tanto una institución ejecutora como una generadora de ideas estratégicas, y esa capacidad de anticipación puede serle confiada manteniéndose bajo el control de los organismos reguladores.
La tercera consiste en convertirse en un referente de la agricultura africana del futuro, posicionando al cacao como un recurso estratégico a nivel continental, algo que resulta apropiado considerando que aproximadamente el 80 % de la producción mundial proviene de África, y sentando las bases para una coalición más amplia de países productores.
Sr. Assanvo, después del impacto de 2024 y de la estabilización forzada de 2025, ¿considera que la industria mundial comprende ahora mejor el verdadero valor de producir cacao en África Occidental, o teme que el mercado tenga poca memoria?
Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. La batalla de ideas en torno a un precio remunerativo se ha ganado en gran medida: la noción de un precio mínimo garantizado se ha extendido mucho más allá del cacao, hacia otros productos básicos y hacia las discusiones de la Unión Africana y la Unión Europea, donde nuestra Iniciativa es citada como ejemplo.
Pero los mercados sí tienen una memoria corta, y un solo año de precios elevados no garantiza nada.
La respuesta ante ese riesgo no consiste en esperar que la industria recuerde, sino en convertir el valor fundamental del cacao en una referencia permanente y medible que no dependa del estado de ánimo pasajero del mercado.
En otras palabras, la memoria debe incorporarse a la arquitectura del sistema y no dejarse en manos de la buena voluntad.
Tras la extrema volatilidad experimentada entre 2024 y 2025, el mercado parece estar entrando actualmente en una nueva fase de reajuste. Desde su perspectiva, ¿cómo ve el futuro de la oferta y la demanda mundial de cacao durante los próximos años? ¿Qué considera que deben hacer los países productores de cacao y sus cadenas de suministro para evitar volver a caer en estos desequilibrios?
Por el lado de la oferta, enfrentamos un escenario de creciente presión: plantaciones envejecidas, impactos climáticos y enfermedades, sobre todo el virus del brote hinchado (swollen shoot virus).
Consolidar la producción mediante la renovación de plantaciones, la inversión en investigación y un sistema coordinado para monitorear enfermedades, condiciones meteorológicas y clima constituye ahora tanto un desafío como una oportunidad.
Por el lado de la demanda, los riesgos son más estructurales: la sustitución hacia grasas vegetales y chocolates “sin cacao”, la reformulación de productos y una posible segmentación del mercado a lo largo de nuevas líneas comerciales.
En mi opinión, los países productores deben hacer tres cosas.
Primero, defender la demanda, anclando el precio al valor fundamental y diferenciando los orígenes de calidad.
Segundo, avanzar en la cadena de valor. Costa de Marfil podría alcanzar un 80 % de procesamiento local antes de 2030, lo que significa anticipar desde ahora las importantes necesidades de capital de trabajo que acompañan a una nueva capacidad de molienda.
Y tercero, coordinarse. Los desequilibrios regresan cuando los productores actúan solos.
El cacao del futuro será sostenible y estará centrado en el productor, y se construirá con aliados, tanto entre nuestros vecinos africanos como entre otros países productores.
Si miramos retrospectivamente el recorrido desde aquel complejo inicio en 2024 hasta la realidad que vivimos hoy, en 2026, ¿cuál diría que ha sido la lección más humana y profunda que le ha dejado liderar esta Iniciativa en tiempos de una transformación tan radical?
La lección más humana es que, al final, todo esto tiene que ver con la dignidad de la persona que cultiva el cacao.
Comenzamos en un clima de desconfianza entre los distintos actores de la cadena, y nuestra primera tarea fue simplemente restaurar la confianza y el diálogo.
Lo que he aprendido es que la confianza en sí misma —un diálogo honesto, sincero y sereno, con el productor y el árbol de cacao en el centro— constituye un activo en el sentido más auténtico de la palabra, capaz de generar excelentes rendimientos a lo largo del tiempo.
El principio que nos ha guiado como una brújula es sencillo: el precio debe estar al servicio del productor, y no el productor al servicio del precio.
Haber mantenido ese principio durante un período de cambios tan radicales ha sido un privilegio de este trabajo.